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domingo, 19 de mayo de 2013

La mosca




Una duda me apenumbra:
Aclárame, insecto alado,
cómo estás aquí y allí
volando tan desfasado.
¿No es sobrada paradoja
aquélla del gato encerrado?
Entre Pinto y Valdemoro,
en dubitativo estado:
Vivo y muerto, muerto y vivo;
a la duda condenado.

El don de la ubicuidad
con la izquierda quién te ha dado.
Ni mosquito ni moscón,
¡qué animal tan desdichado!
Ni invisible ni zumbón,
¡pues también es descarado!

Como esta mota quisiera
aprovechar placeres vanos,
aunque sea sobre la hez,
refrotándose las manos.
Que en la vida no son pocas
y apresuran los gusanos,
royendo bajo la tierra
restos de endebles humanos.

También préstame tus ojos
de todoescudriñador
señora Motita Bruna,
que del mundano vapor
se han impregnado los míos;
del pantano sin color,
cenagoso e indiferente
que atiborra mi estupor.

Solo quisiera el batir
de dos alas incesante,
tal las tuyas trasluciendo
a través del aire avante,
que ocupara mi cabeza.
Solo el viento de levante
arrastrara viles dudas
de esta mula exasperante.

Mosca negra, te soñé
gota entre la nube oscura
de mi rayo azuzadora,
como enjambre  sin cordura
posado sobre mi cara.
De la herida que supura,
moscas mamaban tranquilas
arroyos de sangre pura,
sapientes de que la herida
ni cicatriza, ni cura.

domingo, 12 de mayo de 2013

¡Esta patria no vendrá a menos!




Había bocas que anunciaban puentes,
puertos, aeropuertos y retruenos…
Llenábanse con «nunca vendrá a menos»
esta patria, rechinando los dientes.

Había manos de callos ardientes
en  obras. ¡Oh de quinientos rellenos
vivían faustos seres pleistocenos
con sus turbios negocios decadentes!

¿Ahora con qué te suenas el moco?
¡Oh patria del enjambre avaricioso!
Recuerda el día que todo era poco…

Poco es ahora el cuadro indecoroso
que dibujan los foráneos, poco
para esta cueva de suelo mohoso.


sábado, 11 de mayo de 2013

¡Cómo viene horadando tu pupila...





¡Cómo viene horadando tu pupila
sin más barrena que la dulce pena!;
fundida en tu crisol, de oro se llena,
y mis cinco sentidos los afila.

Todos mis guardianes puestos en fila
combaten esta sublime condena,
donde la razón se desnuda ajena
del azote de tan guerrero Atila.

Esta saca rapaz que picotea
mi vientre, harto cansado y sin nutriente,
no hará más picado de mis entrañas.

¡Esta insondable poza que desea,
no tendrá mi cortesía pendiente,
ni anudará en mis ojos las pestañas! 
                       
                       

domingo, 5 de mayo de 2013

El colegio del Arlanzón

––Ha pasado mucho tiempo –pienso al verlo.
––¿Tanto tiempo ha pasado?

Sus paredes encarnadas lo asemejan a una casa de muñecas hechas de porcelana, donde se quiebra la infancia, dando paso a la briosa arrogancia de la adolescencia; presente sin salvedad en la persona que fui, por aquella época perdida y levemente añorada. Pocas diferencias puedo encontrar, entre su viva imagen y mi recuerdo de filigrana, pues tan inmutable ha permanecido este colegio durante doce años, como nuestra vetusta Catedral durante cientos. Si bien es verdad, que el único rito que tenía lugar en este templo, era el de la rayente tiza sobre la pizarra utilizada por el maestro; la algarada de tanta chavalería extenuada por las clases; la chirriante canturía de la tabla de multiplicar de los diez primeros números naturales, o alguna escala desafinada, en acompañamiento de un piano en semejantes condiciones; el paseíllo del insumiso hacia el despacho del imponente jefe de estudios; y, como no, los amores inocentes, sin más pretensión que la de un beso en las mejillas rosáceas, pues veíase osadía el encuentro de unos labios frente a frente. Las aulas estaban presididas por un retrato del monarca y, cuando en cuando, un crucifijo residual, habiendo en cuenta la laicidad de este colegio público. Ciertamente acontecía que rosarios, padrenuestros y otras oraciones devotas no ocupaban lugar entre el conocimiento que allí era transmitido; si es que las oraciones pueden considerarse como tal.

Todo esto entrañaba el colegio de puertas para adentro, mas era su recinto entechado por nada más que sol, lluvia y, no pocas veces, canos copos de nieve, lo que profundamente enraizó en mi recuerdo. Pasábamos allí intensísimos momentos, fugaces tal segundos, para nuestra conciencia de niño. El patio era rectangular y sus lados más cortos estaban delimitados por las alas del edificio con forma de ce, cuyas paredes servían de frontón contra el que empotrar la pelota, ya fuera con la mano, el pie o hasta las narices; uno de los lados más largos del patio rayaba con la pared de la fachada principal, prolongándose un tramo por debajo de los soportales, allí donde anidaban los más recogidos y su eco; el único lado que no lindaba con el edificio lo hacía con una calle de amenazante carretera, razón del enverjado todavía más peligroso, que servía de iniciación a la escalada para  los chavales con habilidades trepadoras de simio. Sobre el suelo de este rectángulo, superponíanse los campos, el de fútbol sala y los dos de baloncesto, convivencia por la cual, era necesario hacer un esfuerzo para distinguir sus áreas. Las minorías que constituían los aficionados al baloncesto, como es común en las minorías, tenían que sucumbir ante la ocupación mayoritaria, y finalmente, unirse a este batallón, abandonando sus gustos más espontáneos. El suelo era rojizo carne viva, sobre el cual despellejarse las rodillas era invisible, mas no por ello indoloro, debido a la implacable aspereza de la superficie y su dureza. Y allí, erguidas las canastas y los palos de las porterías, contemplaban ese lugar de exilio infantil, de recreo, de compañerismo; pero también de batalla, de burlas y crueldad comparables, aunque menos artificiosas, a las maldades de la senectud.

De la fachada principal colgaba un balcón, utilizado en ocasiones para la presentación de alguna autoridad o persona reconocida que visitara el colegio. Las banderas enarboladas por encima de la baranda, pudieran ser las de España y Castilla y León; asegurarlo es arriesgado porque, como ocurre en la actualidad, estaban sumamente deslavazadas. Y superando en altura a las banderas, ancladas una a una en la pared, con la misma separación, y con tan poca gracia, unas letras formaban tres palabras, y las tres palabras se leían: «Colegio Generalísimo Franco». Más tarde, en consonancia con la cultura del colegio, pasó a recibir el nombre de nuestro río, mucho más agraciado, saltarín, germen de océano, saciador de sed de semilla, frondoso árbol de conocimiento algún día. Ese es mi colegio, todo nuestro y nuestro río, El Arlanzón.